#Tomavistas2019

Terrier

Han pasado dos años desde que Lili Laduquesa (voz y órgano), Enrique Gutiérrez “Don Matías” (batería), David Iñurrieta “Dave Petrone” (guitarra y voz) y María Manolí (bajo y voz) mostrasen todo su potencial en su segundo álbum “La plaga”. Es poco o mucho, según como se mire: el tiempo transcurre y, en menos de lo que se chasquean dos dedos, te encuentras en una edad en la que ya no te corresponde ser oficialmente joven pero quieres seguir preservando aquel espíritu, mantenerte vitaminado e hipermineralizado. Pero, al mismo tiempo, las cosas de la vida te han vuelto más desencantado, también más sabio y lo que parecía todo, en realidad, era casi todo.

Esto último va por lo que decía del potencial. “Algo para romper”, el nuevo álbum del grupo afincado en Madrid, se gestó en los mismos lugares y con los mismos protagonistas: Rams y Martí a la producción, Fran Meneses a las mezclas y Carlos Hernández al máster. Las canciones, 11 en 33 minutos, igual de melódicas, igual de consagradas al pop explosivo aunque, en esta ocasión, su poder de deflagración es mayor. Las voces se alternan y confunden de modo más glorioso, guitarras, ritmos y teclados suenan con más poder y alcance… pero sobre todo están las canciones. ¡Qué putas canciones!

Si el arranque de este disco no te deja noqueado, tu vida va por el rumbo equivocado. “Como un volcán” suena eufórica o, en sus propias palabras, como “algo triunfal/ algo sentimental/ algo a punto de estallar”, pero retrata una realidad mucho más amarga y violenta. Y luego llega “La constitución”, un single aplastantemente perfecto que muestra con suma inteligencia el posicionamiento social del grupo: “Dame algo para romper/ un sueño, una vida o algún plan para que nos joda bien” y, de ahí, hacia lo que provoca las llagas.

Bien en forma de melodías adictivas (“Estupendo” y “Casa Ciudad” completarían el póker de ases en ese sentido) o de medios tiempos con enjundia, las canciones de “Algo para romper” se dirigen a segundas personas y muestran una actitud visceral, una bofetada, un “¡despierta!”. Ponen de manifiesto contradicciones de la vida moderna, algunas más recurrentes (la sobreexhibición de la felicidad en las redes sociales, las modas concienciado-hipsterizadas como el veganismo de postureo) y otras más veladas, siempre transmitiendo cierta sensación de inquietud y zozobra. Todo eso lo arrugan en una pelota de celofán que te arrojan en forma de caramelo pop que te dejará un extraño regusto una vez lo hayas digerido.

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